En 2020 di clases por WhatsApp, por llamadas que se cortaban y por guías impresas que las familias recogían en la portería del colegio. Aprendí mucho y también vi a muchos estudiantes desaparecer de la lista sin que nadie pudiera hacer gran cosa; lo conté en abril de ese año en la educación virtual de los colegios públicos colombianos. Por eso, cuando leí que la matrícula de primer curso en programas virtuales y a distancia creció 45 % entre 2021 y 2025, frente a 11 % en la presencial, no lo celebré ni lo lamenté. Me hice la pregunta que hoy quiero responder con datos: ¿crecer más significa ser mejor?
Mi respuesta corta es que no, pero tampoco significa ser peor. La modalidad importa menos que la calidad con la que se diseña, se acompaña y se evalúa. Aun así, la evidencia que favorece al aula presencial existe, es seria y conviene mirarla de frente antes de matricular a un hijo, abrir un programa o cambiar la forma en que enseñamos.
Primero, verifiquemos la cifra
La cifra es real, pero hay que leerla con precisión. Proviene de un análisis del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Pontificia Universidad Javeriana con datos oficiales del Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), reseñado por El Tiempo el 25 de septiembre de 2026 y por El Espectador. Al cierre de este artículo no encontré el informe completo publicado en la web del LEE, así que cito lo que esos dos medios reportan del estudio.
| Indicador (educación superior, Colombia) | Dato |
|---|---|
| Primer curso en modalidad virtual y a distancia | De 274.215 estudiantes en 2021 a 399.648 en 2025: +45,7 % |
| Primer curso en modalidad presencial o híbrida | +11 % en el mismo periodo |
| Peso de la virtual en el primer curso | 35,5 % en 2021 y 41,9 % en 2025 |
| Posgrado | En 2025 la virtual superó por primera vez a la presencial: 53,9 % frente a 46,1 % |
| UNAD, primer curso | De 45.465 a 84.584 estudiantes (+86 %) |
| Universidad Nacional | Aspirantes: de 75.681 en 2019 a 39.397 en 2026 (−48 %); primer curso de pregrado: −7,5 % |
| Matrícula total de educación superior en 2025 | 2.723.364 estudiantes, un récord |

Con esto claro, hay tres precisiones que casi nunca acompañan al titular:
- Es educación superior, no colegio. Habla de técnicos, tecnólogos, universitarios y posgrados. No dice nada de la básica ni de la media.
- Es primer curso, no graduados. Mide a quienes entran, no a quienes terminan ni a cuánto aprenden.
- La comparación es contra «presencial o híbrida». Ese 11 % incluye programas que ya combinan aula y pantalla, así que el debate real no es «virtual contra presencial», sino cuánta presencia y de qué calidad.
Y un dato que me preocupa como docente: según El Espectador, entre 2021 y 2025 el número de profesores de educación superior creció 11,9 %, mientras la matrícula creció cerca de 20 %. Cuando los estudiantes aumentan más rápido que quienes los acompañan, la calidad se pone a prueba, en cualquier modalidad.
Por qué crece la educación virtual
Sería injusto reducir este auge a una moda pospandemia. Hay razones de fondo, y varias son buenas noticias:
- Acceso territorial. En muchos municipios no hay una sede universitaria cerca. Para un joven que trabaja en el campo o para una madre cabeza de hogar, la alternativa a la virtual no suele ser la presencial: es no estudiar.
- Tiempo y costo. Estudiar sin mudarse, sin pagar transporte diario y con horarios flexibles cambia la cuenta de cualquier familia.
- Carreras más cortas. El analista Ricardo Rodríguez lo resumió en El Tiempo: «los jóvenes piden cada vez carreras más cortas». El SENA ya concentra el 66 % del primer curso del nivel tecnológico.
- Adultos que vuelven a estudiar. El salto del posgrado virtual, que ya supera a la presencial, habla de profesionales que se actualizan sin dejar su empleo.
Desde las instituciones también hay defensores con argumentos. Eduardo Behrentz, en una columna en Portafolio (diciembre de 2024), sostiene que un buen programa en línea exige «inversiones importantes en tecnología, capacitación de docentes» y diseño pedagógico, y que puede ser una respuesta a la desigualdad regional. Comparto la condición que él mismo pone: la virtual de calidad no es barata ni improvisada.
La otra orilla: lo que respalda a la presencialidad
Ahora el contraste. Quienes sostienen que el aula presencial es mejor no hablan solo por nostalgia. Esta es la evidencia más sólida que encontré, de Colombia hacia afuera.
Colombia: deserción, calidad y brecha
La deserción. Un análisis del LEE de la Javeriana (junio de 2020) encontró que, de los estudiantes que entraron a pregrados virtuales en el primer semestre de 2014, el 67 % había desertado al décimo semestre, y que la deserción en esos programas era el doble que en los presenciales. El mismo informe señalaba que solo el 3 % de los programas virtuales tenía acreditación de alta calidad. Son datos con información hasta 2018 y el sistema ha cambiado desde entonces, pero no encontré una actualización pública por modalidad con la misma claridad. Esa ausencia ya es un problema: si una modalidad crece 45 %, deberíamos saber con la misma facilidad cuántos de esos estudiantes terminan. Para tener referencia, el informe 74 del LEE calcula una deserción anual promedio del sistema de 11 % entre 2000 y 2021, que subió a 12,7 % en el segundo semestre de 2020.
Lo que dejó la pandemia en el colegio. El cierre de aulas no fue educación virtual planeada, sino remota y de emergencia, pero es la experiencia masiva más cercana que tenemos. Un análisis de profesoras de la Javeriana reseñado por Semana (marzo de 2021) mostró que la brecha en el puntaje global de Saber 11 entre colegios privados y oficiales pasó de 24 puntos en 2019 a 29,5 en 2020. Y en una encuesta del LEE a 4.527 docentes y 905 directivos de 762 instituciones, la principal razón por la que los estudiantes no participaban era la falta de internet, seguida por la falta de dispositivos.
La brecha digital sigue ahí. Según la ENTIC Hogares 2024 del DANE, el 65,6 % de los hogares tiene internet, pero en centros poblados y rural disperso la cifra baja a 41,9 %. Peor aún: solo el 9,6 % de los hogares rurales tiene computador o tableta, y el 45,3 % de los hogares rurales conectados califica su servicio como «malo».

Aquí está la paradoja colombiana: la virtual se defiende como la gran puerta para las regiones, y es en las regiones donde menos condiciones hay para estudiar en línea. Estudiar una carrera desde el celular, con datos prepagados y señal intermitente, no es lo mismo que hacerlo con computador y fibra óptica.
América Latina: la región que más tiempo cerró sus aulas
UNICEF documentó que dos tercios de los 14 países con cierres escolares más prolongados estaban en América Latina y el Caribe. El costo quedó en el informe del Banco Mundial, UNICEF y UNESCO de junio de 2022: los estudiantes perdieron, parcial o completamente, dos tercios de los días de clase presencial, con una pérdida estimada de 1,5 años de aprendizaje y una posible reducción de 12 % en sus ingresos a lo largo de la vida. Ojo con un matiz: según UNICEF, nuestra región fue la que más acceso tuvo a la educación remota (solo 9 % de los escolares quedó sin ninguna opción). Tener acceso no garantizó aprender.
En la educación superior, la región va en la misma dirección que Colombia, y Brasil es el caso más revelador. Según el censo del INEP reseñado por Agência Brasil, en 2024 el 50,7 % de la matrícula de pregrado ya era a distancia. Y el Estado reaccionó: el Decreto 12.456 de 2025 prohibió la modalidad a distancia en medicina, derecho, odontología, enfermería y psicología; dejó las licenciaturas, es decir, la formación de docentes, en un formato semipresencial con hasta 50 % a distancia; y exigió, como explica el Diário do Nordeste, al menos una evaluación presencial por unidad curricular y un máximo de 70 estudiantes por clase en vivo. Un país donde la mitad del pregrado ya es a distancia decidió que formar médicos y maestros exige presencia.
En Chile, la Subsecretaría de Educación Superior reporta que la matrícula a distancia en los institutos profesionales creció 111,9 % entre 2021 y 2025. En México, La Jornada informó que el sistema abierto y a distancia de la UNAM tiene 28,6 % más alumnos que hace una década. La tendencia es regional; las respuestas de política, no tanto.
El resto del mundo: lo que dicen los estudios más rigurosos
- Metaanálisis global. Betthäuser, Bach-Mortensen y Engzell (Nature Human Behaviour, 2023) revisaron 42 estudios de 15 países y estimaron un déficit de aprendizaje de 0,14 desviaciones estándar durante la pandemia, cerca del 35 % de un año escolar. Fue mayor en estudiantes de bajo nivel socioeconómico y en países de ingreso medio, como el nuestro.
- Europa. En Países Bajos, con buena conectividad y un cierre de solo ocho semanas, Engzell, Frey y Verhagen (PNAS, 2021) midieron una pérdida de tres percentiles, la quinta parte de un año escolar, hasta 60 % mayor en hogares con menos educación.
- Estados Unidos. El Education Recovery Scorecard de Harvard y Stanford estimó que el estudiante promedio de tercero a octavo perdió el equivalente a medio año en matemáticas; las caídas fueron mayores en los distritos que pasaron más tiempo en remoto y en los más pobres, aunque los autores advierten que la modalidad no lo explica todo.
- Asia. En India, un estudio de la Universidad Azim Premji con 16.067 niños encontró que el 92 % había perdido al menos una habilidad fundamental de lenguaje y el 82 % al menos una de matemáticas.
- Universidad en línea, fuera de la pandemia. Bettinger, Fox, Loeb y Taylor (American Economic Review, 2017) compararon el mismo curso en una gran universidad privada con ánimo de lucro: presencial, la nota promedio fue B−; en línea, C. Quienes lo tomaron en línea tuvieron nueve puntos porcentuales menos de probabilidad de seguir matriculados, y el golpe fue mayor en los estudiantes con peor desempeño previo.
La UNESCO, en su Informe GEM 2023, concluyó que hay poca evidencia sólida sobre el valor añadido de la tecnología en educación y pidió que nunca sustituya la enseñanza presencial dirigida por docentes. Pero cuidado con leer esto como una condena. Los resultados de PISA 2022 no mostraron una diferencia clara en la evolución del desempeño entre países con cierres cortos y largos; en la OCDE, lo que más se asoció con el desempeño en matemáticas fue que los estudiantes tuvieran docentes disponibles para ayudarlos. Otra vez, el factor decisivo no fue la pantalla ni el pupitre: fue el acompañamiento. Ya lo había discutido al analizar las pruebas PISA en América Latina.
¿Qué prefiere la gente?
Aquí el panorama es menos rotundo de lo que suponen ambos bandos. En Estados Unidos, el informe de EDUCAUSE de 2022 mostró que la preferencia de los universitarios por cursos mayoritaria o totalmente presenciales cayó de 65 % en 2020 a 41 % en 2022, mientras la preferencia por cursos en línea subió de 9 % a 29 %. La reputación también pesa: en una encuesta de Gallup, el 34 % de los estadounidenses calificó como excelentes o buenos los programas en línea, frente al 68 % de las universidades tradicionales. Es una medición de 2013 y las percepciones han cambiado; no encontré una encuesta reciente y verificable sobre cómo valoran los empleadores colombianos un título virtual, y prefiero decirlo antes que inventar una cifra.

Tres miradas que deberían conversar
Docentes
Muchos colegas vivimos la virtualidad de emergencia como una sobrecarga: preparar guías, responder mensajes a las once de la noche y perseguir estudiantes que no se conectaban. Según la misma investigación del LEE, más de un tercio de los docentes encuestados tenía entre 20 y 40 años de experiencia exclusivamente presencial. Pero los docentes que hoy enseñan en programas virtuales bien diseñados cuentan otra historia: más tiempo para retroalimentar por escrito, materiales reutilizables y estudiantes adultos muy motivados. La diferencia está en el diseño. Una clase virtual no es una clase presencial filmada; necesita actividades más cortas, consignas más claras y evaluaciones pensadas para que no se resuelvan copiando. Si estás rediseñando tus clases para un formato híbrido, el Kit de IA para docentes trae recetas por materia para preparar guías, actividades y retroalimentación sin perder tu criterio.
Colegios, universidades y directivos
Para una institución, la virtual es una oportunidad de cobertura y también de ingresos. Ahí está el riesgo: crecer en matrícula sin crecer en tutores, en seguimiento y en evaluación. El Decreto 1330 de 2019 reconoce las modalidades presencial, a distancia, virtual, dual y sus combinaciones, y exige las mismas condiciones de calidad para todas. En Brasil, el ministro Camilo Santana justificó el nuevo decreto en la necesidad de «garantizar la calidad de la enseñanza», mientras el presidente del INEP, Manuel Palacios, recordó que la educación a distancia atendió a estudiantes que de otra forma no habrían llegado a la educación superior. Las dos cosas son ciertas a la vez. Un directivo responsable debería mirar menos la cifra de inscritos y más la de estudiantes activos a la cuarta semana. Algo tan sencillo como un listado de asistencia en Excel bien llevado, presencial o virtual, ya funciona como alerta temprana de deserción.
Familias
Los padres vivieron la virtualidad desde la cocina de la casa. En una encuesta de Ceinfes a 19.040 personas de 30 departamentos, reseñada por Radio Nacional en agosto de 2020, el 76 % de los padres señaló la conectividad como una de las mayores dificultades, y solo el 10 % de los estudiantes de secundaria sintió que aprendía más en la virtualidad. Para un hijo de 15 años, el colegio presencial es aprendizaje, amistad, comida y protección, no solo contenidos. Pero cuando ese hijo cumple 25 años, trabaja y quiere ser tecnólogo, la misma familia puede ver en la virtual su única oportunidad. Las familias no están contra la virtualidad: están contra la que las deja solas.
Dónde la virtual sí funciona
Sería deshonesto presentar solo la evidencia en contra. El metaanálisis del Departamento de Educación de Estados Unidos (2009, actualizado en 2010) encontró que los estudiantes en condiciones en línea rindieron, en promedio, algo mejor que en la enseñanza presencial, con una ventaja más clara en los modelos combinados. Los propios autores advierten que esos programas solían dar más tiempo y más recursos, así que no es la pantalla la que enseña. En Estados Unidos, según el NCES, el 28 % de los universitarios de pregrado estudiaba exclusivamente a distancia en el otoño de 2021, frente al 15 % en 2019.
La evidencia, en conjunto, dibuja un perfil bastante claro. La virtual tiende a funcionar mejor con:
- estudiantes adultos, con hábitos de estudio y metas definidas;
- posgrados y actualización profesional;
- programas con tutoría activa, sesiones sincrónicas y evaluación seria;
- contextos donde la alternativa real es no estudiar.
Y tiende a fallar con estudiantes muy jóvenes, con vacíos de base, sin conexión estable o sin alguien que los acompañe. En el estudio de Bettinger, los estudiantes con mejor desempeño previo prácticamente no se vieron afectados; los que venían con dificultades perdieron cerca de media nota. La virtual amplía oportunidades, pero también puede ampliar desigualdades.
Mi postura: la pregunta no es la modalidad, es la calidad
Después de revisar los datos, no creo que la presencialidad sea mejor por definición ni que la virtual sea el futuro inevitable. Creo que el aula presencial tiene ventajas difíciles de reemplazar en la formación de niños y adolescentes, en carreras con práctica intensiva y en estudiantes que necesitan más acompañamiento. Y creo que la virtual bien hecha es una herramienta valiosa de justicia territorial para adultos que no pueden irse de su municipio. El camino sensato para la mayoría es el híbrido intencional: presencia donde importa, pantalla donde ayuda.
Si estás eligiendo un programa virtual, para ti o para tu hijo, estas son las preguntas que yo haría antes de pagar la matrícula:
- ¿Tiene registro calificado vigente en el SNIES y, mejor aún, acreditación de alta calidad?
- ¿Cuántos estudiantes tiene cada tutor y en cuánto tiempo responden?
- ¿Hay sesiones en vivo o todo es autoaprendizaje?
- ¿Las evaluaciones son serias, con alguna instancia presencial o supervisada?
- ¿Cuántos de los que empiezan terminan? Si la institución no sabe o no quiere decirlo, esa es una respuesta.
- ¿Tengo el equipo, la conexión y las horas reales para estudiar cada semana?
Y a los docentes, una sugerencia práctica: en cualquier modalidad, la evaluación es el punto débil más visible. Un examen igual para todos, enviado por correo, se resuelve en un grupo de chat en minutos. Por eso diseñé el Generador de exámenes con IA, que crea varias versiones del mismo examen con su solucionario; puedes probarlo gratis en la demostración. Y si en tu grupo hay estudiantes con discapacidad, recuerda que la flexibilidad de la virtual no reemplaza los ajustes razonables: PIAR con IA te ayuda a construir el plan, y el primero es gratis.
Herramientas para enseñar bien en el aula o en la pantalla. El Kit de IA para docentes trae recetas probadas por materia, alineadas con el currículo colombiano, por 60.000 pesos cada materia. El Generador de exámenes con IA crea versiones distintas del mismo examen y tiene planes desde 29.900 pesos. PIAR con IA te deja hacer un PIAR gratis y luego elegir paquetes de 5, 10 o 20 planes. Y si te estás preparando para el concurso docente, el simulacro gratuito te sirve para medirte en línea, a tu ritmo. Ninguna reemplaza tu presencia: están hechas para que la uses en lo que importa.
Ver el Kit de IA para docentes
Para pensar
La virtual crece más rápido justo entre quienes tienen menos opciones, mientras Brasil, donde la mitad del pregrado ya es a distancia, empieza a exigir presencia para formar médicos y maestros. Un joven de Vichada, donde solo 15 de cada 100 hogares tienen internet, quizá solo pueda estudiar en línea; otro de Bogotá elige la presencial porque puede pagar el transporte, la biblioteca y el tiempo. Si aceptamos que el aula presencial forma mejor en ciertos casos, ¿estamos dispuestos a garantizarla también para quienes viven lejos, o terminaremos con un sistema de dos velocidades en el que la presencia se vuelve un privilegio y la pantalla, el premio de consolación?
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